El Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en coordinación con el Institut Ramón Llull y el Museo Archivo de Fotografía, tienen el agrado de invitarlo a la inauguración de sus exposiciones.
Misteriosa Antártida: Fotos de escritor |
De Ramón Dachs.
Manchas en el muro |
De Silvana Agostoni.
Seguridad |
De Luis Aguilar.
Inauguración: Sábado 18 de junio del 2011 a las 19.00 hrs. en las instalaciones del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo.
Ramón Dachs.
Misteriosa Antártida se nos presenta como una forma distinta de aproximarnos a una realidad ajena a la mayor parte de los que habitamos el planeta. Un entorno, preconcebido como hostil y desolado, se nos muestra con imágenes que se relacionan, en tamaño, directamente con su vastedad y su poderío; y, en su contenido, como una herramienta de acercamiento y comprensión.
La exhibición nos va mostrando un recorrido de imágenes, de gran formato, dentro de las cuales impera una cierta gama monocromática y la ausencia de colores cálidos y vivos; este escenario nos abruma con una continuidad de tonos grises y ambientes gélidos. Sin embargo, se destaca la inserción lírica, casi tácita, de Ramón a través de las sutiles muestras de vida que permiten que distingamos en casi todas sus fotografías. Los ambientes podrían parecer devastadores y crudos, de no ser por estos elementos que Dachs nos presenta, pero que podrían pasar desapercibidos si no observamos a detalle, y que son los que dan calor y vida a las imágenes. La ventana de un camarote, un ave que rompe el firmamento con su vuelo, una iglesia ortodoxa, los binoculares en cubierta, son la serie de elementos que nos permiten darnos cuenta de que en esta ubicación geográfica tan lejana, existe vida, ahí entra la poesía de su autor. Que los misterios que encierra la Antártida se refieren, más que a su clima y distancia, a su complejidad y a nuestra falta de conocimiento. En este espacio existe todo lo que sabemos y más, pero enfrenta con su particularidad los propios imponderables extremos de su entorno.
Finalmente, vemos cómo remata este viaje y nos permite vivirlo de forma más cercana gracias a las únicas fotografías en las que muestra a seres humanos. Esta es su manera conectar el recorrido inhóspito de la Antártida con la realidad que nos atañe al resto del mundo, junto con su forma casi lúdica de presentarse ante nosotros como el escritor que ha capturado las imágenes.
Misteriosa Antártida se nos presenta como una forma distinta de aproximarnos a una realidad ajena a la mayor parte de los que habitamos el planeta. Un entorno, preconcebido como hostil y desolado, se nos muestra con imágenes que se relacionan, en tamaño, directamente con su vastedad y su poderío; y, en su contenido, como una herramienta de acercamiento y comprensión.
La exhibición nos va mostrando un recorrido de imágenes, de gran formato, dentro de las cuales impera una cierta gama monocromática y la ausencia de colores cálidos y vivos; este escenario nos abruma con una continuidad de tonos grises y ambientes gélidos. Sin embargo, se destaca la inserción lírica, casi tácita, de Ramón a través de las sutiles muestras de vida que permiten que distingamos en casi todas sus fotografías. Los ambientes podrían parecer devastadores y crudos, de no ser por estos elementos que Dachs nos presenta, pero que podrían pasar desapercibidos si no observamos a detalle, y que son los que dan calor y vida a las imágenes. La ventana de un camarote, un ave que rompe el firmamento con su vuelo, una iglesia ortodoxa, los binoculares en cubierta, son la serie de elementos que nos permiten darnos cuenta de que en esta ubicación geográfica tan lejana, existe vida, ahí entra la poesía de su autor. Que los misterios que encierra la Antártida se refieren, más que a su clima y distancia, a su complejidad y a nuestra falta de conocimiento. En este espacio existe todo lo que sabemos y más, pero enfrenta con su particularidad los propios imponderables extremos de su entorno.
Finalmente, vemos cómo remata este viaje y nos permite vivirlo de forma más cercana gracias a las únicas fotografías en las que muestra a seres humanos. Esta es su manera conectar el recorrido inhóspito de la Antártida con la realidad que nos atañe al resto del mundo, junto con su forma casi lúdica de presentarse ante nosotros como el escritor que ha capturado las imágenes.
Silvana Agostoni.El trabajo de Silvana Agostoni no parece nacer de un deseo de intervención, su énfasis en las superficies (superficies fotografiadas, superficie de lo fotografiado y, en consecuencia, superficie de la fotografía) deja abierto un claro dentro de la supuesta estabilidad de la relación signo-referente. Y aunque tampoco es un proyecto que se proponga llegar a una representación abstracta de lo fotografiado, nos confronta con una figuración que parece reinvención de la figura original, del mismo modo en que la foto de una mancha en la pared puede conducir a la reinvención de un ícono.
Así la condición indicial del signo fotográfico se muestra como redundante, y así también se nos aparece como relativa. Porque si, en un primer momento, la representación de una mancha en el muro puede ser interpretada como un ícono, mirando las fotos de Silvana Agostoni presiento que un ícono fotografiado puede interpretarse como una mancha en un muro, posibilidad que sólo es frenada por la diferencia entre el azar, que da origen a la mancha, y la intención que da origen al ícono.
Las fotografías de Silvana Agostoni, “sujetas a la figura” de una manera redundante, parecen sin embargo impregnadas de un principio de abstracción que relativiza incluso la lectura social o política que deberíamos hacer de algunos de sus referentes. Recordemos que son fotos tomadas en un reclusorio. Pero son reproducciones de otras fotos, páginas de revistas, dibujos y signos iconográficos que en algún momento decoraron las paredes del lugar. Los objetos fotografiados son remanentes de una cultura visual local y permiten un intento de localización de la mirada de ciertos sujetos en circunstancias de comunicación –y de goce-- muy particulares. En consecuencia, estos signos parecen sustituir a los sujetos que los inscribieron, al mismo tiempo que también parecen evocarlos.
Luis Aguilar.
Luis Aguilar recrea escenas de un futuro posible con los escombros del presente. Fotografía el vacío, la ruina, el deterioro de los espacios privados que el abandono convierte en baños públicos, en refugios de cascajo, de plantas y muebles necios, de personas hechas polvo.
Y ahí donde no hay casi nada, donde no pasa más que el tiempo y su devastadora mordida, Luis, orwelliano, coloca digitalmente cámaras de seguridad que todo lo ven, lo vigilan. Ojos que observan el mundo ya de piedra, devastado, donde lo único que permanece es la paranoia y sus máquinas intactas: cámaras del miedo que registran la historia del derrumbe.
Luis Aguilar recrea escenas de un futuro posible con los escombros del presente. Fotografía el vacío, la ruina, el deterioro de los espacios privados que el abandono convierte en baños públicos, en refugios de cascajo, de plantas y muebles necios, de personas hechas polvo.
Y ahí donde no hay casi nada, donde no pasa más que el tiempo y su devastadora mordida, Luis, orwelliano, coloca digitalmente cámaras de seguridad que todo lo ven, lo vigilan. Ojos que observan el mundo ya de piedra, devastado, donde lo único que permanece es la paranoia y sus máquinas intactas: cámaras del miedo que registran la historia del derrumbe.
Luis Aguilar pone el ojo en la yaga: sus imágenes exhiben el absurdo de una sociedad temerosa de sí misma que confunde la seguridad con la custodia y la justicia con el castigo, que transgrede los espacios íntimos en nombre del orden público. Una sociedad que teme al vacío tanto como a las aglomeraciones; que, ciega, necesita verlo todo, registrarlo todo: vigilar para castigar. Pero al asomarnos a su universo fotográfico uno se pregunta ¿qué mayor castigo puede haber que el desolado paisaje de una habitación sin techo?


